8 de mayo de 2011

Pasaje

Esto fue lo que me marcó hoy:

En un estrecho pasaje, caminaba mirando los ante jardines de cada casa. Al fondo, el pasaje desembocaba en una calle. Ahí, desperté de mi trance al ver un niño - de 1 año de edad, a juzgar por sus erráticos pasos - caminando de izquierda a derecha, cruzando. Mi visión era limitada porque esto pasaba a varios metros, y yo estaba en el pasaje que sólo me permitía ver la intersección. Debido a la distancia, y para mi mayor asombro, el niño parecía caminar sin que nadie lo vigilara, y por un momento - a causa de mi miopía y falta de profundidad - hasta me pareció ver que el bebé caminaba no por la berma, sino que por la calle. Lo vi caminar unos cinco o seis pasos, tratando de mantener el equilibrio. De hecho, lo vi caer sentado en la exacta mitad de la intersección. Mi inmediata reacción fue que el padre aparecería por el lado izquierdo, al verlo caer. Al aproximarme a la esquina, empecé a ver la escena mejor. Los ante jardines ya no estaban cercados, sino que eran parte de la berma por la que el niño caminaba. Pasé de ver al niño casi a contraluz a verle la luz en el rostro. Lo que eran diez pasos para él, fueron tres para el padre, quien llegó por la derecha a levantarlo de un brazo. Se agachó, le habló, y le sacudió el pantalón. Luego, al cuadro se le sumó una niñita - su hermana, asumí - quien se sentó a un lado de ellos, pensando que a algo jugaban. La madre también llegó, y levantó a la niña. Ya cerca de ellos, vi cómo el sol entre los árboles los dibujaba como un cuadro de los que tan poco conozco, pero que tanto me gustan. Vi que, en realidad, el niño no había caído tan cerca de la calle como pensé, sino que estaba más cerca de dónde crecía el pasto. Había rocío en las hojas y un olor a pasto húmedo. Al pasar por al lado, el padre tenía una expresión de molestia oxidada, la niña no entendió mucho de lo que pasó, el niño lloraba, no por la caída, sino porque lo sacaban de donde cayó, y la madre era la intérprete de todo esto.

No sé lo que significó todo esto, pero estoy seguro que fue un momento mágico, microcósmico y común.

20 de febrero de 2011

Sinapsis que cojea

En el estruendo de la locomoción siguió musitando las palabras como si fuese un tipo de mantra. Buscaba las posibles combinaciones, el adjetivo perfecto que reflejara fielmente la situación que escribía en su pequeño cuaderno. Meditó un breve lapso, y en una rápida mirada al exterior, notó que se acercaba a su próxima parada. Garabateó unas rápidas letras como referencia para poder continuar más tarde. Escribió 'decepcionante', 'indignante' e 'injusto'. Aunque de camino a casa, se le notaba conforme y contento con el párrafo que logró avanzar, se sabía que probablemente no era ninguna de esas la que andaba buscando.

Habían días en lo que se lamentaba por su bloqueo al escribir, pero la mayor parte del tiempo, simplemente lo ignoraba. No conoció el momento en el cual se hizo bueno con las palabras, para él, las cosas venían de forma natural. Lamentablemente, creció con la noción de que podría decirlo todo, con precisa sutileza. Sin embargo, el tiempo - aunque pule algunos talentos - malgasta otros con desuso. Titubeó al intentar poner la llave en el cerrojo, y alguien detrás de la puerta se le adelantó.

- ¿Y a esta hora viene llegando? - con una ligera sonrisa le recibe su abuela.

No sabría distinguir un lunes de un domingo, mucho menos cuándo su nieto viene llegando a una misma hora durante toda la semana. Pensó en lo fascinante que llegaría a ser utilizar a su propia abuela como material para su frustrada escritura. Vivir con ella es vivir con un montón de fantasmas que la cuidan con cariño. Siempre habla de su madre - difunda desde hace más de 40 años - de la siembra de su padre, de cómo se cultiva tal y tal fruto, cómo se cuidan los brotes de lechugas de los rayos del sol, y de su familia que tiene allá en el norte grande, que más rato los va a ir a ver.

- No, deje eso, ésta es la mantequilla. Y cómo te fue hoy?
- Bien - respondió monosilábico.

Jugaba a ser normal mientras formaba pequeñas migas de pan con la yema de los dedos. Se hizo pequeñito en medio del ruido de las cucharas, y los cuchillos para el pan caliente, la mermelada sobre la mesa que se la rotaban entre sí, y las manos que se estiraban por encima de la mesa, para alcanzarlo todo. Se disfrazó tras la algarabía porque no sabía cómo agregarle algo a la historia que conversaban ahí. Escogió una canción al azar, y se puso a musitarla cabizbajo. Continuó así hasta que algo estaba pasando que los hacía a todos callar del asombro, y al notarlo primero con la intuición, y luego con el rabillo del ojo, levantóse de sus hombros y se les unió en el asombro. La septuagenaria había estado cortando la mantequilla en láminas, así como lo haces con el queso, insistiendo en lo rico que estaba tal queso. Su taza de té era un desastre, al verter el azúcar en ella, nada cayó dentro. La verdad era que no había queso en la mesa, y su taza de té no estaba tan dulce como la de los demás. Ya sea por el espanto de la incredulidad, todos los que estaban ahí se volvieron vulnerables por un segundo a lo que estaban acostumbrados a ver. Un segundo que lo cambió todo porque ninguno de ellos fue capaz, hasta entonces, de decirle:

- Oiga, eso no es queso.

Aprovechando el momento de lucidez, volvió al cuaderno donde lo había dejado y anotó:
- Oiga, eso no es queso.

18 de noviembre de 2010

M.B.

Cómo te lo explico?

Es como pololear, cuando dos personas se conocen, se llevan bien, se conocen y todo anda excelente. Lo que uno ve en esa persona gusta, y lo que ésta ve en este proyecto mutuo le entusiasma, le gusta ese 'nosotros'. Al principio, todo es lindo y nuevo, y la magia que eso trae, hace que uno se despierte con más ganas, y 'la marraqueta más crujiente' como dicen. Dicho bien simple, todo funciona mejor. Y eso es sólo al principio, después, el éxtasis de sentirse así se traduce en una madurez con la que uno se empieza a acostumbrar, ¿no te ha pasado? Uno crece, aprende, y se nutre de esto, ¿Aún no te suena? Asumamos que sí, qué pasaría si después esa relación se termina? Está bien, pretendamos que después de un tiempo lo bonito se desgastó, y nos aburrimos de estar estancados, y de siempre fracasar en lo que nos proponíamos. Si eso pasó, nos dispusimos a hablar y conversarlo. Y si, aún después de eso, no se sacó nada, acordamos en no vernos más. Me parece. Pero, qué pasaría si por alguna razón te fuiste lejos, y no volviste nunca más? Sin poca explicación, yo tratando de entender qué fue lo que pasó, si todo estaba bien ¿Eso tiene más sentido? Del cielo a la tierra, decepcionados, estaríamos tratando de llenar ese vacío, buscando algo que nos distraiga. Primero entusiasmarnos con la idea de que volverá, después negando que pasó, después la ira de porqué pasó. Al final, nos conformaremos, y sobreviviremos, pero viviremos pensando en que todo lo que venga después, siempre será un retroceso. Porque nada puede ser mejor que eso que prometía, pero nunca fue.

A todos los que tenemos una pena con el fútbol, y vivimos con gente que no la entiende.
Puesta en términos simples.

29 de septiembre de 2010

No Nato

Un día te dije que quería vivir contigo dentro de un huevo. Honestamente, no recuerdo la exacta sensación al haber dicho eso. Imagino que era por lo cálido y seguro que puede ser estar dentro de un huevo. Crecer, y pacientemente ser dentro del cómodo límite, el que no aspiro romper ni salir de él. No necesito explorar el mundo de allá fuera, simplemente todo lo tengo acá. En mi cascarón. Ese mismo día, me acuerdo que después de habértelo dicho, me puse a lagrimear de la nada. El porqué de eso lo tengo mucho más vívido en mi memoria que el propio recuerdo que lo generó; sabía que el llegar a decir y, sinceramente, sentir algo así era tan hermoso pero poco probable, que estaba atado a la fugacidad. Me dio pena que, apenas estoy experimentando algo nuevo, ese recuerdo es tan ajeno que no lo puedo poner en palabras. Quizás 'vivir dentro de un huevo' es - en realidad - en nada parecido a lo que realmente quería decir. Triste que apenas el recuerdo nació, murió.


Divagué todo el camino de vuelta. De pie, mirando el andén del frente, pero sin precisión, noté que había una 'irregularidad en la frecuencia de los trenes', pues varios éramos los que nos aglomerábamos en el borde. Al final de lo que podía verse en la linea, se veía el tren acercándose, así los que estaban sentados ahora se colocaban tras nosotros. El reflejo pasa rápido, y todos se miran en él, de una u otra forma. Los más cansados veían en la velocidad del tren asientos para acaparar, yo acaparaba los rayos de sol que te dan al estar de pie.


Vértigo me da pensar cómo me acostumbro a este misma vitrina. Tras el vidrio, corren los mismos paisajes, los autos, las calles y semáforos. Todos sincronizados, pero siempre a destiempo del Sol que nos salta, lento, paciente, e indiferente. Desde la velocidad natural del metro, la gente allá abajo se ve mínima. Como en una foto mal tomada, como en una radiografía de un hormiguero. Miro el contraste hacia las montañas, en su blanco, y la extrañeza que causa algo tan enorme, y único, de lo que no lo hizo nadie, que se hizo solo. Nosotros estamos sobre lo pavimentado, lo que pintamos, damos forma, y sobre el mundo del que nadie se hizo cargo, nosotros hacemos el nuestro. Allá las montañas, arriba el Sol, y acá abajo, ellos quienes llevan en sus maletines el papeleo para un trámite que, realmente, nunca se hará.


Me queda una micro por tomar y aún estoy en la mitad del recorrido. En el paradero, procuro llevar delante mío mi bolso, aunque sólo lleve en él mis monedas, mis libros, y mis pequeñas preocupaciones. A mi lado, sólo escucho conversaciones de cuan miserable te hace el cáncer, pues siempre que te extirpen uno, éste siempre vuelve a brotar en alguna otra parte del cuerpo. La quimio te consume, y el estar en cama te derrumba. Ella tenía un tío. También había en alguna parte un hombre que era sumamente infeliz. Trabajaba en dos lugares, tenía dos o tres hijos, los cuales le odiaban parcial o inconcientemente por haber engañado a su madre con una compañera de trabajo. Dejó su casa, y con ésta su familia, y en su trabajo las cosas se volvieron tensas, por lo que tuvo que marcharse también de ahí. O algo así.


En el silencio cómodo de mi playlist, voy en 'qué sería de ese paradero sin nuestra espera?' Una ruina desprovista de nuestros puntos de vista, de nuestros problemas. Hemos impregnado con nuestro ánimo todos esos tristes lugares de espera, como ese paradero, como las salas de espera. Ya no tendría ni porqué llamarse paradero, pues nada 'pararía' ahí. Si no hubiese gente para llenar los espacios, ni impregnarlos de nada, ninguna de todas las cosas que conozco tendría el mismo significado. Ya no asociaría el paradero, por ejemplo, como una instancia propicia para escuchar conversaciones y quejas ajenas, sino que sería sólo una estructura vacía. Como el árbol que se cae en medio de un bosque - y nadie está ahí para escucharlo caer, la ciudad sería el testimonio muerto de la gente que, en ella, se movía, conversaba, y se expresaba. No sé porqué continúo pensando en algo que no estaré para ver. De hecho, eso es lo que me asusta.


En el último tramo de mi recorrido, y ya a paso lento por el cansancio, recordé nuestras conversaciones. Esas de cuando nos conocimos. Cuando preguntaba lo obvio sólo porque disfrutaba ver cómo respondías mis obviedades. Sonreí. Sobre todas esas cosas que nos prometimos, y de ellas, las que cumpliste y las que no. Por sobre todo, me pesaron las que no te cumplí. Cuántas más serían las tardes de parques de haber cumplido. Y ya no. Y en cuanto a esas cosas que no fueron, me pregunto qué habrá sido de ese huevo, ya cascarón, donde alguna vez nos susurramos promesas. El tierno calor que despedía en ese entonces es ahora el mero vaho de un chiste mal contado. Todo de lo que me aferré alguna vez, desaparece. Los edificios que se erigen como puntos de referencia en mis recuerdos serán estructuras vacías en algún momento y habrán historias sin contar en cada una de ellas. Sufro por cada idea - que tuve y no escribí - que muere, y aún más por el intento que hice para darle vida. El dolor de la eterna pregunta sobre qué es lo que se queda, y qué es lo que se va en esta vida me es sólo comparable con los sueños mudos de un niño no nato. Me verán nutriéndome de todo para sobrellevar esto hasta el día en el que le diga adiós a los sentidos.


Busco las llaves, apenado.

"Prométeme siempre prometerme."

8 de septiembre de 2010

Dialogar

- ¿Qué te pasa? - me preguntó como si no entendiera realmente y como si realmente quisiera saber. "El que no entiende una mirada, mucho menos va a entender una larga explicación". Casi me convence con su inexpresivo cinismo pero yo ardía por explicaciones pendientes, es que son esas mismas cosas que se encuentran en ese puto punto medio donde no sabes si acostumbrarte a los hechos - porque no cambiarán - y donde meditas conscientemente sobre cómo solucionarlas, y es en esa que te la llevas, en ver si tienes tienes que acostumbrar a esta estupidez de cine mudo, o no, porque no es que no quiera hablar, de hecho, soy un convencido creyente de la capacidad del diálogo, pero es que si siento que tendré que hacer las dos mitades del diálogo, me empiezo a agobiar... y agota pensar que tengo que volver a explicar mis formas de hacer las cosas, que todo implica una explicación, siendo que nunca ha sido más sencillo; priorizo intuición sobre razón, gesto sobre discurso, entendimiento sobre confrontación; considero ceder como un gesto compromiso real al otro, y no como una infantil noción de ser más débil al discutir. Pienso, entre otras cosas también, que no es ningún secreto que me afectas como el calor al viento, desde mi ánimo hasta mi percepción sobre las cosas, y no me siento avergonzado de cómo me siento, de dónde viene esa necesidad de pretender que nada pasa? Por qué preguntarías algo si no quieres la respuesta? Y yo al pensar en responderte, tropiezo a cada paso mental con las cosas que quizás no quieras escuchar, las que no quiero decir, y las que no estoy dispuesto a escucharme decir. Ese tropiezo es natural, quizás. Sería el freno natural a medirse para no herir, y avanzar. Casi de supervivencia. Paro, miro, y escucho, como dicen.
- Ya nada - contesté.

20 de agosto de 2010

Trasnoche

Hoy soñé que veía una película de terror. Habían los típicos personajes que escapan de una muerte segura en él. No reconocí a ninguno de los que salían ahí, y no me pareció interesante en lo absoluto, pero la película terminaba con la televisión apagándose por sí sola. De la nada, se fue a negro, y lo único que vi fue mi reflejo distorsionado en la oscura pantalla inerte. Según mi experiencia en películas de terror, o películas en general, cualquier película que terminase con el truco de lograr apagar el televisor del espectador debía considerarse una buena película, por muy mala que haya sido la trama. Luego, no sé si decir 'segundos' porque no existe el tiempo en los sueños, o al menos como lo conocemos aquí en la realidad, pero unos instantes después, el desperfecto del televisor ahora despedía un especie de humo por la parte de atrás, y de un momento para otro - así como suceden las cosas en los sueños - ahora el humo era un malintencionado espíritu, la mismísima muerte que me venía a buscar.

Exaltado, sentado en la cama, miré alrededor. La noche, los perros, los focos y el haz de luz que se dibuja hacia el centro de la habitación. El miedo a la muerte que vence, una, de las tantas batallas.

10 de julio de 2010

El Rescate

Divagué todo el camino de vuelta. Lo que más pensé era cómo sería el momento que te viera de nuevo. Ojalá saber qué decir, y hacerlo adecuadamente.

Las calles están llenas de gente tomada de la mano, gente que se arropa en secretos. El vaho que susurran desvanecen el mensaje que nace y muere ahí. Pasan a mi lado mientras yo miro ajeno, como el rezagado que no juega. Las luces en las vitrinas marcan mi reflejo en el mismo vidrio, y lo único que veo hacia adentro es a mí esperando, que estoy aquí afuera. Voy a lo largo de la calle, de poste en poste, y la luz llueve sobre mí con mesurada violencia. Busco en mi bolsillo el fondo, como con propósito, a ver si me compro algo en la tienda de adelante. Al final, pensando en que tampoco había variedad para elegir, dejé la tienda atrás, quizás no tan lejos como para devolverme.

Veo las pozas, y recuerdo sus botas. Porque sé que aunque esté grande, no hay vez que mire una sin que esas locas ganas la dominen, de mojarse saltando sobre ellas. Me detengo al lado, casi como que no fuera a parar, miro por debajo de mi hombro, amago un salto tímidamente, y chapoteo en su nombre.

Aunque pensé en no cruzar, porque no tenía más asunto pendiente al frente que el que tenía a este lado de la vereda, lo hice. De no haberlo hecho, no me hubiese topado con ese semáforo en rojo, y sin eso, tampoco me hubiese encontrado con esa pareja. Esperando el verde, me mantenía inexpresivo, mirando la distancia hacia la otra vereda. En esa pausa, los autos silbaban con violencia, de sus ruedas contra el pavimento húmedo. Imagino las conversaciones simultáneas que se llevaban en el interior de cada auto. Pensaba en cada capsula, cada mundo aislado que recorre veloz la ciudad. Y quizás sería un adulto joven, muy promedio económicamente, que encendió el motor de su auto horas antes pensando en qué calle tomar para hacerse camino a su destino. El sería, quien disfrutaba la sensación de moverse bajo la lluvia santiaguina en la seguridad de su impermeable e invencible auto, el que arrollaría un peatón que esperaba cruzar, y en un acto casi suicida, dio un irresponsable paso hacia la calle. Un cráneo trizarse, también trizaba la impermeabilidad de su viaje, enviando cinco crudos metros más allá al dueño de ese cráneo. Creo que impacté con el suelo aún más violentamente, pues la gente se tardaba en acercarse y atenderme, y la gravedad de mi cruento aspecto espantaba a cualquier potencial samaritano. No dolería, porque qué va a doler tus ideas desvaneciéndose, tiñendo roja la lluvia hacia el drenaje. Era solo adormecimiento. Así en menos de treinta segundo me imaginé siendo levantado en el aire, en el suelo divagando, y luego siendo levantado de nuevo, hacia el hospital más cercano. Y sólo la mancha de sangre estaría ahí más tiempo que yo, siendo removida sólo por la lluvia... que todo lo lava.

Aunque yo no di ningún paso suicida, y el conductor adulto joven sí llegó a destino sin contratiempos, me sentí herido de todas formas. Desperté de mis ideas y vi que conmigo esperaban la luz verde una pareja. Por cómo lucían, intuí que eran viejos amigos, y ahora disfrutaban de su amistad ya florecida con besos mordidos y sonrisas robadas. Para evitar la necesidad, miré de reojo. Bajo el paraguas que los cubría, se reían y hablaban. No fue hasta entonces, que decidí emprender mi camino de vuelta. Era lo más obvio que había. La comparación más burda de lo que no tenía y extrañaba. Vernos los tres, en pares incompletos, la luz que aguarda para cruzar, la esquina era la intersección de sí misma, me decía que yo no estaba en ninguna parte, en realidad. Y nada me esperaba allá al frente. Que qué hacía cruzando la calle. Me di cuenta que estos dos a mi lado llevaban un paraguas, y yo me había estado mojando desde hace cuadras. La lluvia corría por mi frente, y me bautizaba como el solemne hijo de este momento único. Respiré, para conmemorarlo.

En la luz roja, ya recapacitado, di un paso atrás, tratando de eliminar ese mal hábito de esperar la verde al borde de la cuneta.

Al buscar las llaves, pensé en cuánto divagué todo el camino de vuelta. Lo que más pensé era cómo sería el momento que te enfrentara de nuevo. Ojalá saber qué decir, y hacerlo adecuadamente.

Temí que el departamento estuviese vacío. Que en un tonto arranque por independencia hayas salido a buscar la más insignificante de las opciones para distraerte. Las luces estaban apagadas, casi tanto como mis esperanzas de encontrarte ahí. Aún así, entré haciendo mi particular juego con las llaves, para que reconozcas el familiar sonido de yo llegando, amor. Te encontré saliendo de la habitación, y de pie te quedaste en el fondo de ese pasillo. Estaba todo en penumbra, salvo por ese haz de luz que entraba por la pieza - que estamos guardando- y que cortaba el pasillo en tu mitad y la mía. Recurrí en mi mente a lo ensayado, pero nada de eso se pronunció. Esperamos diciendo nada, casi renunciando al diálogo que nos sacara de esto. Tanto metafórica como literalmente, tú estabas en mi camino, como yo en el tuyo. En los eternos segundos últimos, me moría de ganas por decirte que faltaste en las pozas de agua, faltaste en los reflejos en las vitrinas. Quería contarte que tuve un accidente, que me atropellaron en un mundo paralelo. Que no me pasó nada malo, pero recuerdo casi verídicamente cómo los audífonos se soltaron de mis oídos, y me susurraron desde el pavimento en tenue música que there is a light that never goes out. Y yo pensé en todo lo que no te dije, y que me moría sin decirte. Y advertirte, que no salgas, que afuera están todos tomados de las manos, están todos con frío, y no se recomienda que ninguna pobre alma ande sola con ese duro tiempo. Tú seguías mirándome fijo, pero tus gestos se suavizaron. En silencio, tus hombros descendían de su tensión defensiva, y avanzaste hacia el haz de luz que se dibujaba en el pasillo. Esa luz encendida que nos dividía, ahora nos unía pues yo me unícontigo en ese único brillante rincón del hogar a aceptar ese abrazo que jamás nos hemos negado.



20 de junio de 2010

El camino a casa

Mientras veo, camino y mastico, están en la vereda las grietas. Las arrugas que las llevan, en las marcas de la piel, en lo acuoso de los ojos, en el llanto a medias de lo que casi fue. La más vívida de las heridas, va en los soportes. La parte en la que nos enseñaron que hay que ponerse, si todo se sacude. Ahí, donde la herida se resiente, y lo que el tiempo deteriora, jamás devuelve.

La noche, bajo la almohada llevo los dedos cruzados. A la calle, la plaza, y a la nostalgia. Entre la gente, los cantos, y el alféizar del día siguiente, navego. Un optimismo indisoluble sobre los techos de las casas y las antenas que no funcionan. El poco miedo a vivir la única vida que se abre en dimensiones cósmicamente ocultas, que le sigue el segundo que muere y nace, otra vez, y otra vez. Hasta que el último segundo real se haga llegar. Donde, quizás sin palacios sobre las nubes, habrán sonrisas a la vuelta de la esquina. Iré acumulando cuentos que digan más de ustedes que cualquier otra cosa. Los releeré en mi silla mecedora en voz alta, y quizás ella sentada en una de las mismas, mientras teje algo lindo, me escuche y sonría, y diga: "Estuviste bien", y en mis arrugas no llevo heridas, ni marcas del tiempo que me aplasta, sino que llevo el testimonio de amor más silencioso de todos: el que puedes ver porque envejeciste conmigo.

Hoy, veo, camino, y mastico. Saco las llaves, abro la puerta, y procuro no equivocarme.

13 de mayo de 2010

Un Payaso

Hay gente hábil para todo, y él se abotonaba la camisa. Gente buena para los números, otros son artesanos, otros son modistas, y él pasaba a ponerse sus holgados pantalones de verde chillón. De dónde uno saca la idea de qué hacer con su vida es algo incierto, pues hasta qué punto uno elige y eligen por uno se mantiene siempre oculto. Aunque cabe destacar, que el solo hecho de hacerse esa pregunta, es un tema totalmente distinto, y que requería de un grado de auto-reflexión un tanto importante. Como éste era el caso, a nuestro individuo aquí no le es preciso hacerse esa pregunta. Simplemente, es. Y claro, lo seguía siendo, mientras, inerte del insomnio, masticaba el pan a medio tostar, y veía las noticias de la primera hora. Su única audiencia, a esa hora, el niño acostado a ese otro lado de la cama que se hacía el dormido.


Mucho de lo que piensa no se sabe. Se sabe que es amigo de los choferes, de las guaguas en coche, y de casi cualquiera que quiera cruzarse con su mirada y su chiste. Incluso, hace amistades con los que no quieren amistad con él. Sus zapatos, su vestimenta, y su maquillaje a veces eran su cruz. De la calle a la micro, y de vuelta otra vez, estaba condenado, y a caminar entre días grices que pocos estaban dispuestos a dejarse compensar con una rutina de rápidas bromas.


Cuando la función estelar comenzaba, y el chofer ponía la marcha en segunda, ahí se veía el verdadero payaso. El violento estruento del autobus era el telón, los pasamanos los malabares, las sonrisas sus aplausos. Sus gestos eran suaves y amables. Su cara, aunque maquillada hacia la exageración, era equilibrada y gentil debajo de los grotescos rasgos. De sus manos que, al moverse, gesticular, y apuntar pausadamente, tenían una agradable relación con lo rápido y hábil de su dicción e improvisación. Su voz sí era un tanto aguda y forzada, pero ésta no era del tipo que hacía llorar a los lactantes. De hecho, tenía esa naturalidad plausible de desplazarse en la turbulenta locomoción y, al mismo tiempo, sacar debajo de la manga la más ingeniosa de las observaciones, casi como si a cada paso estuviese obligado a expandir el alcance de sus sonrisas, llegando al más oscuro rincón entre los asientos, los reacios a reír. Y eso lograba. Generalmente.


La cosa más curiosa ocurría, y no era sino, entre la gente misma que lo miraba. Era difícil saber, pero pareciera que había un payaso distinto por cada par de ojos que lo veía. Tenía, sí, esa facilidad con lo que es gracioso que a ella, la de la primera fila, hacía sonrojar, y mirarlo de reojo, como hurgando en tierno y adolescente pasado. A ese grupo de señoras, que parecían no venir juntas, esa vívida elocuencia en su personalidad les recordaba un nieto que nunca llegó. Era lo suficientemente joven en rasgos y espontaneidad para lucir como hijo, nieto, y hermano, pero, a la vez, había algo en los ojos expertos, curtidos, adaptados al duro ritmo, que lo hacía ya maduro. Habían, también, personas como ellos dos, la pareja al costado derecho de la micro, que diferían. La ventiañera, por alguna razón, se escondía en sus audífonos, y en el paisaje afuera. Él, siempre de la mano de ella, miraba a través de sus amplios lentes al hombre en escena, escudriñándolo, como si fuese el último en su especie sobre la Tierra. Y quizás lo era.


Era el eterno, y cabizbajo esperaba la apertura de las puertas para bajar. Era invisible, y su silueta se despedía de los niños que seguían mirándolo mientras doblaba en la esquina. Era padre, contaba las monedas al sonar dentro del bolsillo. Era incómodo tenerlo cerca, era simplemente un molestoso evento. Olvidable, y evitable, pero soportable. Sacaba lo peor, y extrañamente, lo mejor. Era el místico doctor que nos señalaba nuestro mal. Se bajaba, cruzaba la calle, tomaría la siguiente micro y seguiría con su eterno diagnóstico. Como la marea, que sigue sin resistencia, sin cuestionar. Como el perro menos bravo que nos sigue. Ese que, bien seguido, espantamos.

Al bajarse el telón, desabotonaría los puños de su camisa, y lavaría sus silenciosos rasgos frente al espejo. En algún pequeño baño, bajo la mirada de sí mismo, el maquillaje correría distosionando los - alguna vez - alegres rasgos. El agua se tiñe de colores, como la piel con los golpes. Más fácil era lograr hacer reír, a todos los demás. Lo espiaba, escondido detrás de la cama, el niño. En la mesa, las lágrimas y las monedas.