18 de julio de 2013

Cojear sin dolor

Después de haber puesto un solo pie fuera del edificio, me dio ataque de risa. No era que no necesitaba el trabajo, pero las preguntas de la prueba psicométrica eran tan ridículas que yo no podía ser menos, necesitaba estar a la altura de la ridiculez. Obvio, comenzando por las más sencillas, siempre cuidándome de no caer en la tentación de poner algo psicotrópicamente inapropiado, como que el dinero es una ficción, la lealtad subjetiva, y lo que hace esta empresa por el mundo una mierda. Terminé cagándome de la risa afuera. "Mi mayor problema es - creer que no tengo problemas", puse al final, casi sin ideas o ganas de seguir cooperando.

Como de costumbre, o por falta de costumbre, podría decirse, hice esa pausa para fumarme el cigarro imaginario. Ese que cada cierto tiempo me aísla, a tomar aire, y hacerlo solo si nadie me acompaña. Si estoy encerrado, salgo. Si voy saliendo, lo camino. Acá es la solución, para lapidar ese pésimo intento laboral. Bendito cigarro imaginario, eres como el ejercicio de un hábito truncado. Como el pie que pica después de amputado. Caminé lo que me duró el cigarro. Y llegué a Salvador a la hora.

Me busqué la ruta con más gente, y a esa hora de la tarde, cualquiera sirve, cuando todas las oficinas salen a conocer al día. Tenía llamadas perdidas en el celular, que en el fondo, eran para pedirme respuestas que no tengo. Caminar así, me recuerda como caminan las hormigas hacia su hormiguero. Nosotros, claro, sin antenas, tenemos el contacto visual. Eso que casi no alcanza a llamarse instante te bastó para jurar entera la vida del otro. Se ve, primero, quién durmió poco, quién se quedó dormido. Quién llora poco. Quién llora seguido. Otras veces hay unas caras con las que sospechas una relación. Al rato se va. No Nos Supimos Amar, le digo sin que me oiga. Me despido, pero en el fondo, fue como un saludo: hormigas en un hormiguero, que caminando en direcciones opuestas, nos contamos qué hay más adelante, y qué hay más atrás.

A veces creo que el verdadero viaje en el tiempo es ese que ocurre cuando retomas algo que habías dejado pendiente. Releer en lo que tienes en el bolsillo, o pasar por una esquina donde siempre prometiste besar. Ese viaje, por lo general, es una mierda. Arrugué el papelito, y antes de pillar un basurero, me suena el celular. 

- ¿Cómo te fue?
- Mal, creo yo. Habían dos etapas, la primera era la prueba sicométrica, si pasabas esa, pasabas a la segunda.
- ¿Y cómo te fue en la segunda?
- No la hice.
- Ya, y ¿cómo lo vas a hacer con las cuentas?
- Ahí veré. Hablaré con el Tomás, siempre me pilla algo.
- Ese hueón siempre te deja botao, y la vez pasada se demoró como tres semanas en pagarte.
- Sí, bueno... Mira, me voy subiendo a la micro, hablamos llegando.
- Bueno, vale, chau.

Después de todo, pensándolo bien, es un recurso bastante pobre para ser un viaje en el tiempo. Pero si el estímulo es justo y apropiadamente poderoso, te puede catapultar. Las canciones, los notas en el espejo, la forma de besar, el olor a pasto. "Micro de mierda, por qué se demora tanto.." Hago la espera anónima, ritual del paradero, donde nos miramos como si no tuviéramos nada que ver, pero no encuentro nada más impersonalmente íntimo que compartir el camino a casa. Porque después de un rato, ya estamos sentados, y es como subirse a otro tipo de arteria, dentro de la misma colonia, donde en un sentido se avanza, y en el otro, también. Los pasajeros ya no usamos el contacto visual sino que lo evitamos, y casi pareciera que se acabaran los puntos donde posar la vista porque vamos todos esquivándonos. De repente es mejor no mirar a nadie, no conocer a nadie, no reconocer a nadie. Mirar el piso, mirar el cielo, mirar el taco. No mirar nada. Cerrarlos y cerrarse. "Creo que perdí el número del Tomás..." Por las mil re putas, estos son los problemas minúsculos de una sola hormiga dentro de todo el hormiguero, y por qué cresta uno tiene que ser hormiga, y no ser el hormiguero entero. Ser un planeta. Tener preocupaciones de espacio-tiempo a nivel galaxia, del universo que se expande. Y los adolescentes planetas compiten comparándose, quién tiene la órbita más amplia, quién tiene más lunas, quién fue avistado primero, quién tiene más mitología a su haber. Y esos serían los problemas de los planetas, a no ser que venga un psicólogo del macrocosmos y me corrija. En vez de eso, nos afligen otras cosas, e inventamos recursos como cigarros imaginarios, porque somos muy cobardes para bancarnos el cáncer, o enamorarnos yendo de transeúnte para así intentar maquillar una carencia más profunda, esa de sufrir por compartir lo que no se quiere compartir, que bien ambos sabemos que duele. Son recursos pobres, otro más, que usamos para mirar a otro lado, mirar otra cosa que no sea la herida, o rascarse donde no pica. Una vez escuché que hay que usar la muleta bajo el brazo del mismo lado del pie herido, y cojear sólo si duele porque cojear sin dolor puede fosilizar el hábito, y luego justificarlo con dolor real. Quizás llevo la muleta bajo el brazo equivocado, y cojeo sin dolor, y por eso miro los problemas de los planetas, o los de las hormigas. Cosa de proporciones, protesto, pero el punto es el mismo.

Me desperté junto a la ventana, y saqué el brazo para sentir la brisa. Con ella, llega una chinita. Curiosa criatura que es nombrada localmente. Mariquita, también le dicen, pero no acá. Llega de la nada a desarmar mi completa alegoría de hormigas. Soy incapaz de mandarla a volar por donde vino, o matarla, porque no tiene culpa de haber caído acá. A diferencia de este insecto que miro muy de cerca, los hombres, y las hormigas solo caminamos por lo que llamamos piso. Puedes hacerla caminar por una hoja de papel, doblarla y hacer tocar un extremo con el otro, y no sabrá dónde dio la vuelta. Algo parecido le pasó a Cristóbal Colón. Estamos todos, en cierta medida, dando vueltas, caminando en círculo. Voy girando mi mano, este pequeño parece intuir dónde es arriba, y pacientemente le facilito el camino hasta donde quiera llegar. Terminamos reconociéndonos, yo mirando sus detalles, y él esperando unos segundos en la punta de mi dedo índice. Parecía disfrutar la panorámica y evaluar sus opciones. Tú no caminas en círculos, ah? Chasqueó las alas, y voló. Bueno, hay excepciones.



20 de junio de 2013

Diariamente

Las personas cultivamos arrugas como las de los diarios. Al principio, nos doblamos en dos, y ese es el espacio que ocupamos. Después, ya no en dos, ni por una línea recta ni definida, sino que nos doblamos por ese conjunto de marcas que nos defina más, por esa marejada de surcos que son las cosas que nos han ido pasando. Nos achicamos, nos sacan jirones, nos enganchamos en las esquinas y nos rajamos como chaleco hilachento. Tenemos impresos los datos y eventos que consideramos relevantes y que nos negamos a dejar ir. Ya de un rato a otro, nos ven sentados, o también andando a fuerza del viento de la costumbre, o arrancando para no ser despedazados por la lluvia de turno. Ya cerca del final, cuando la textura pierde su consistencia y su retención, terminamos haciendo cualquier cosa, cosas que jamás nos hicieron prever que terminaríamos haciendo, como secando el piso, que se manchó de lágrimas, o envolviendo cosas muertas como ánforas, o risas.

18 de junio de 2013

Punto de Fuga

A veces me reduzco
a ese punto,
se me secan las palabras,
se me abren los silencios,

me reduzco a ese punto,
soy ese lunar
no necesito ni que me hablen
ni que me pasen a ver
ni que me rieguen seguido.

se me secan las palabras
soy esa peca, esa mancha,
otra irregular maravilla cutánea
déjenme ahí, adherido y callado
que solo saldré los domingos
para preparar el te,
tender la ropa en la tarde
y devolver la pelota a los chicos del pasaje,
no molestaré.

se me abren los silencios,
y adentro, cabe todo lo demás
todo lo que sobra,
todo lo que queda,
todo lo que escogimos no decir
todo lo que no sabemos decir,
ahí dentro, ese silencio
extraño y familiar.

soy ese punto
en la conversación
"después te digo",
y nunca lo hago
me guardo secretamente
una basurita del camino o del lugar
que no sea ni tan relevante,
ni tan insignificante,
para llegar al recuerdo sin necesitarla
ni sin obviarla.
Como esa basurita,
así el "después te digo",
que nunca hago
me guardo secretamente
esa interrupción que no hice.

soy ese punto,
que junto a otro punto,
hacen una recta,
que junto a otra recta,
hacen el punto de fuga
son pretensiones geométricas
que nada tienen que ver
con converger,
y tener que ver.

4 de junio de 2013

Ficción

¿Crees que puedes hacer ficción con todo? La elocuencia de una bisagra, y a veces la de un mimo con mucho que decir. La normalidad se interrumpe, y lo veo en los libros que se dejan de leer, en las llamadas que se dejan de hacer. En esa puntualmente sagrada y sagradamente puntual capacidad de saber sabotearse. Hay que saber hacerlo, hombre. Y no digo que yo lo sepa. Pero puta que hay que saber... saber cuando callarse, cuando decirlo y cuando dejar de dar y recibir importancia. Pero, ¿se esconde alguna planta cuando recibe mucho sol? Se quema. O se adapta, sí. Más prefiero compararme con un perro callejero, que nunca estando perdido pero siempre dando la idea de que sí (idea de que sí, idea de que no), te sigue las cuadras que te faltan. ¿Es esa tu ficción? ¿Es por eso que te lo preguntas, realmente? ¿O es porque vas llegando al fin de la página y quieres cerrar la idea? ¿Vas a cambiar de página y seguir, y ver qué pasa? ¿Crees que puedes hacer ficción con todo? Te equivocas.

7 de mayo de 2013

Así

Con la misma naturalidad con la que la mano que lleva el dedo que lleva al lente, que lo empuja y lo hace trepar por el tabique, así. Con la misma ilusión con la que se apela a una promesa que a todas luces no se va a cumplir, tal cual. Con la misma honestidad con la que se escribe en prosa algo que se pensó en verso, similar. Con el mismo llanto silencioso con el que intentas arrimarte a una enumeración caótica en la que no tienes cabida, así. Y de la misma forma en que no podemos saber porqué hacemos trepar por el tabique unos lentes cuando no los tenemos puestos, ni cómo dejar de esperar una promesa, ni cómo evitar escribir en prosa, ni cómo dejar de intentar arrimarse a la letra ajena, podemos ver que hay gestos que se fosilizan. Así también la pena.

6 de mayo de 2013

Miedo a la pálida

Mientras gente pasaba en el fondo, vi los ojos apenas abiertos de Claudio, explicándome cómo lo hizo:
"Yo pensé, primero que todo, tiene una tranca con el asunto. No va a querer hacerlo, por un motivo equis, y no lo va a disfrutar. Cómo? No, si fue algo que le pasó al tío... por eso es que le tiene la cruz hecha. Nunca una experiencia personal. "No, nunca", negando efusivamente, dijo Claudio cuando le pregunté que si le había pasado algo antes. "Y claro, ahora que me conoce más, y resulta que fumo, es un tema a discutir de ahora en adelante. Entonces, pensé, lo que haré será llevarlo al parque, prendemos uno ahí, y lo llevo a pasear. Caminamos, y conversamos tranquilos. No, si al final eso de hacerlo con mucha gente alrededor, y la agitación, y los estímulos, visuales, sonoros, o mentales, etc., te agotan. Se hace desagradable no poder terminar lo que se conversa, y viene otra cosa, y pasa encima de lo que hablamos, y después otra cosa. Y así. En cambio, ir en confianza al parque, y hablar simplemente, porque es así que yo lo experimento. O así me hubiese gustado hacerlo, y que alguien se diera ese trabajo. Porque todo lo demás, es opcional. Lo que se queda, es lo que conversaste, lo mucho que te conectaste con quien tienes al frente. Eso es 'lo medular', como diría el Javier. Ahora en realidad, si de verdad sirvió de algo, ni idea. O sea, es igual de probable que confirme su rechazo como que lo revierta. Habrá que verlo".

4 de mayo de 2013

Mirar

El mejor lugar es ir de pie, al lado de la ventana. Llega el viento, y si voy muy ahogado saco la cabeza, no más. Y estando de pie, se ve quién se sube, quién se baja, y lo demás. Así, si afuera nada me entretiene, me voy mirando a las personas que entran. Voy bien cansado, a decir verdad, pero el espectáculo lo vale. Aparte, ir de pie al lado de la ventana, aún siendo el mejor lugar, goza de una amnistía implícita que te libera de la responsabilidad de dar el lugar. Y solo así, voy libre de culpa hasta mi casa.

A mitad de camino, el bullicio es evidente. De golpe se subieron las mamás con sus críos, chicos, grandes, y en brazos. También las señoras que miran por encima de los hombros de los que van delante, haciendo el guiño para ver quién va a hacerse el famoso, y le cede el asiento. Las señoras con bolsas, los niños con las rodillas sucias, y los audífonos puestos y las miradas perdidas. De la nada, me acordé de quien le escuché que jamás le podría gustar andar en transporte público. La verdad, no lo culpo. Hasta yo mismo de vez en cuando me saturo. La gente se agolpa, se olvida de cooperar, se empuja, se insulta. Se olvida del real enemigo. Pero también la micro tiene sus bondades. Y cada vez me digo 'el mundo funciona' cuando los jóvenes se paran, y las viejas se sientan. Todos, aunque muy juntos, van en mundos aparte, solo un accidental codazo hace cruzar disculpas, breves miradas que se encuentran. Más largas son las miradas entre madre e hijo, que lo mira jugar, lo llueve a besar, como si fuera el primero, o el último, sabemos que la intensidad es la misma. Los adolescentes se abrazan, sin importar el calor, no saben cómo estar más uno dentro del otro. Empiezan a correr los helados. Suenan las chauchas. Se sube una guitarra, que viene a buscar sus propias chauchas. Anda con sus propios niños. Son dos. No debe ser de Santiago, pienso. Desde afuera, la guitarra había visto un espacio donde instalarse. Empieza a rasguear un vals.

Hace tres redondas canciones. Una para Temuco, una para Chillan, y la última para Santiago. Me lo imagino en otro lugar, imaginando cómo hacernos imaginar a nosotros, los sin imaginación. Cabeceando contra el vidrio en realidad rogamos por canciones que hablen de lo justo, que en el fondo son como una pieza hecha a la medida, que calza en medio de las fibras de muchos de nosotros, que crecimos o vimos crecer a otros con memorias sobre el pan con chicharrones, bazares de barrio y la vida en el campo. Vidas donde la pobreza no era un índice, sino sinónimo de mesura. De las tres canciones, solo logré retener una, la cual busqué, y aquí la incluyo.

Hay una comadre que le debe, un poco, al almacenero,
que tiene anotados los diez mil pedidos en algún cuaderno
y cada mañana me despierta el pito del viejo lechero,
que hace veinte siglos, con su agudo trino, me saca del sueño.
Aquí vive toda la gente que mueve este mundo enorme.
Aquí está el cartero, el suplementero y el de los camiones.
Viven los micreros, viven los taxistas, viven los campeones,
y donde yo quiero viven los obreros de las construcciones.
Viven las muchachas que tejen la tela con la que te vistes.
Viven los milagros, los que hacen posible todo lo que existe.
Sin mi viejo barrio este mundo loco ya no giraría
por el universo en busca de un sueño, todo fantasía.
Es mi barrio pobre pero yo lo quiero porque es todo mío,
con su escuela chica, con su niño solo, con sus tres vecinos,
esos que me cuentan cosas muy hermosas de los tiempos idos,
Es mi barrio pobre, pero lo respeto porque es donde vivo.
Los niños se ven acostumbrados a las canciones. O a su viejo cantándolas. Hablan una y otra vez de la infancia que siempre vuelve a cada canción. Con las monedas que junta, le compra una botella de agua a un vendedor que se había subido, y de la botella toman los tres. Los que más toman los dos más chicos. Uno no quiere tomar. Hidrátate, les dice su viejo. Se habían estado empujando, ahora se abrazan. El viejo, puta que se ven lindos, déjenme sacarles una foto, ya po, quédense ahí. Se abrazan una vez al mes, tengo que sacarles una foto. Ya, no pongan cara de hueones. Listo.

2 de mayo de 2013

Consejo

Amigo, no se ofenda. Yo también he caminado de la mano, y sé que las miradas andan por ahí, por poco que me guste. Qué inseguridad la suya, debería sentirse contento, primero por ella, segundo por usted mismo. Y ojo que digo 'contento', y no 'halagado' porque el mérito no es suyo. No sea patúo. Piense que los demás ven la cáscara, pero es usted quien tiene la fortuna de ver cómo esa hermosa cáscara de ser humano se revela. Lo cierto es que cualquiera puede animarla, si lo de ella son los piropos o lo es una rápida mirada de inequívoca atracción silenciosa, y cualquiera puede mirarla, basta tener ojos, pero lo importante es que, por sobre todas las cosas, usted sepa acompañarla.